Nuestras Facultades Innatas y la Educación

 

Nuestras Facultades Innatas y la Educación

 

Desde los tiempos de Ibn Miskawayh, las facultades humanas o «instintos» han sido definidos dentro de tres categorías: razón, cólera y deseo[1]. La razón abarca todos nuestros atributos de concepción, imaginación, cálculo, memoria, aprendizaje, etc. La cólera incluye a nuestro atributo de actuar en defensa propia, a la que la Jurisprudencia Islámica define como necesaria para defender nuestra fe y religión, nuestra sanidad, posesiones, vida y familia y otros valores sagrados.

 

La lujuria es el nombre de la fuerza impulsora de nuestros deseos animales:

 

Adornado para la humanidad está el amor apasionado de deseos: por el sexo opuesto y por los hijos; por los tesoros escondidos de oro y plata; y por los caballos de raza, ganados y plantaciones; y por todo tipo de cosas mundanas (3:14).

 

Estos instintos se encuentran en otras criaturas. Sin embargo, ya sea en sus deseos, su inteligencia, o su determinación para defender la vida y el territorio, estos impulsos están limitados en todas las criaturas, pero no en la humanidad. Cada uno de nosotros está excepcionalmente dotado con la libertad de acción y la obligación consecuente de dominar nuestros atributos. Esta lucha por la disciplina determina nuestra humanidad. Vinculada a si misma y a las circunstancias, nuestras facultades frecuentemente están expresadas a través de los celos, odio, enemistad, hipocresía y ostentación los cuales también necesitan ser disciplinados.

 

No nos componemos solamente de cuerpo y mente. Cada uno de nosotros tiene un espíritu que necesita satisfacerse. Sin ello, no podemos encontrar la verdadera felicidad y la perfección. La satisfacción espiritual solamente es posible a través del conocimiento de Allah y creyendo en Él. Limitado dentro del mundo físico, nuestro ser carnal, el tiempo y el espacio pueden ser experimentados como una mazmorra. Podemos escapar de ello mediante la creencia y la adoración regular y absteniéndonos de nuestros comportamientos extremos mientras hacemos uso de nuestras facultades o atributos. No debemos anular nuestros impulsos, pero si usar nuestro libre albedrío para contenerlos y purificarlos, así como canalizarlos y dirigirlos hacia la virtud. Por ejemplo, no se espera de nosotros que eliminemos la concupiscencia, sino satisfacerla de manera legitima a través de la reproducción. La felicidad se obtiene en el momento que restringimos nuestra concupiscencia dentro de los límites legales de la decencia y la castidad, no dedicándonos al libertinaje y a la disipación.

 

Análogamente, los celos pueden ser canalizados en una libre emulación del rencor, el cual nos inspira a imitar a aquellos que sobresalen en bondad y buenos actos. Aplicar una disciplina propia a nuestra razón desemboca en la adquisición de conocimientos y finalmente en entendimiento o sabiduría. La purificación y entrenamiento de la cólera nos dirige al valor y la paciencia. Disciplinar nuestra pasión y deseo desarrolla nuestra castidad.

 

Si cada virtud es tratada como el centro de un círculo y cualquier movimiento que discurra en el exterior de dicho círculo como un vicio, como una inmoralidad, cuando nos movemos más lejos del centro el vicio aumenta en tamaño. Cada virtud de esta manera tiene innumerables vicios, ya que hay únicamente un centro en un círculo pero un número infinito de puntos alrededor. Es irrelevante en que dirección ocurre la desviación, ya que estando desviada del centro y en cualquier dirección, es ya un vicio.

 

Hay dos características extremas relacionadas a cada virtud moral: la carencia y el exceso. Los dos extremos relacionados con la sabiduría son la estupidez y la astucia, para el valor son la cobardía y la irreflexión y para la castidad lo son el aletargamiento y la concupiscencia incontrolada. Así la perfección de una persona, el propósito último de nuestra existencia, reside en mantener una condición de equilibrio y moderación entre los dos extremos relativos a cada virtud.

 

Se tiene noticia que Ali ibn Abi Talib dijo:

 

Allah ha dotado a los ángeles con el intelecto y sin deseo sexual, la pasión o la cólera, y a los animales con la cólera y el deseo sin el intelecto. Exaltó a la humanidad otorgando sobre ellos todas estas cualidades. De acuerdo a esto, si el intelecto de una persona domina su deseo y ferocidad, el o ella alcanza un escalafón más alto que el de los ángeles, debido a que éste es obtenido, a diferencia de en el caso de los ángeles, por un ser humano en un camino repleto de obstáculos.

 

Mejorar una comunidad es posible únicamente elevando a las jóvenes generaciones al rango de humanidad, no eliminando a las generaciones viciadas. A menos que una semilla compuesta de religión, tradición y conciencia histórica germine a lo largo del país, nuevos elementos malignos aparecerán y crecerán en el lugar de cada mal erradicado.

 



[1] Ibn Miskawayh (c. 930-1030) moralista musulmán, filósofo e historiador. Su tratado moral Tahdhib al-Akhlaq, influenciado por el concepto Aristotélico del medio, es considerado uno de los mejores estudiosos de la filosofía islámica. Su historia universal Kitab Tajarib al-Uman wa Taaqub al-Himan (eclipse del Califato Abasie) fue anotado para uso de todas las fuentes disponibles y estimuló enormemente el desarrollo de la historiografía islámica.

 http://es.fgulen.com/content/view/445/27/

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